vistiéndose a oscuras

Una mano temblorosa palpa el frío suelo. Huele a sudor, a alcohol del barato. Encuentra su vestido en un rincón, arrugado. Se pone en pie con dificultad. La oscuridad le envuelve. Una sala atravesada por el eco de los gritos. Lo sacude instintivamente, como si con ello ahuyentara de sí los malos espíritus. Aun así, el silencio restituido sigue oliendo a rencor. Se enfunda el vestido y lo deja caer, rasgando la oscuridad. A tientas descubre los zapatos. Enhebra la hebilla en la correa de cuero y huye con pasos desposeídos, tan lejos como puede.

García Peña

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