madre

A lo largo de un camino arenoso, tosco, se sucedían las estelas de polvo que los cascos de un caballo con jinete arrojaban tras su galope travieso. Allá donde estuviera ahora, allí, quien pervertirá el contenido en lo restante sabe que del color de la canela era la piel del animal, del color del café era la textura con que estaba revestido el cuerpo del jinete; y que era mujer de pelo cobrizo, alborotado por el roce del viento a su través, botas negras hasta casi las rodillas y bombacho verde oscuro entrometiendo sus pliegues por sus piernas.

En torno a las bridas se apretujaban unas manos tibias disimulando entre la fuerza ejercida, una dulzura de manos y una gracia de brazos, finura de muñecas y hasta perfil de labios. Entonces… sus cabellos algo rizados, cuando mojados por el afán de las copiosas nubes, le llegaban a tocar sus hombros…, uno de los cuales herido, desgarrado, abrasado: ¡tanto galope a tanta velocidad es tanta que tanto mata o tan rápido debilita!

Los pómulos debilitados del alazán eran suavizados por aquellas manos mientras éste bebía de un arroyo con sosiego y aquélla, sin apearse de su montura, se encorvaba y estiraba juntando su pecho al espinazo, sus manos a la piel, sus piernas en torno a las cinchas, estrechando aún más el vínculo inseparable.

Atravesó campos de labranza. A su paso, aquellos que con sus azadones molían la tierra, alzaban el burbujeante y sediento semblante sudoroso con extraño escrutinio. Si bien cuando desaparecía entre los árboles vecinos, se sumergían de nuevo en esas labores que tanto desgarraban el vivir y sin embargo, tanta espiritualidad proveían.

Llevo días buscando a un niño suspiraba.  Un niño que posee una llave. Una llave que abre mi puerta.

El campesino se encogía de duda alejándose despabilado de su rutina.

Días hay que busco desesperadamente a un niño solicitó a una aldeana que recogía agua de un pozo. Él es quien guarda la llave.

La aldeana se sorprendió, incluso el agua pareció teñirse de amargura al acercarla a la luz. No contestó. No sabía.

Por favor, un niño como tú tiene mi llave, mi puerta se carcome por momentos suplicó a un muchacho con arrugas en el rostro y manos ajadas.

No sé señora contestó el niño, pero si le viera le avisaría de que está usted buscándolo.

No le avises, tráemelo. Permaneceré dos días en aquella posada. Allí esperaré tan sólo buenas noticias.

Al cabo de los cuales, cuando aquélla se montaba en aquél y éste bufaba en mitad de la brisa, a primera hora de la mañana, un hombretón zambo de fornidos brazos le indicaba un camino:

Allí han oído hablar de aquel a quien busca. Pregunte por él y no desestime los consejos.

Busco al niño que ha de darme la llave que abrirá mi puerta.

Y en su rostro se percibía ya el decurso agotador de los días. Apenas sus pómulos hacían sombra en las mejillas. Apenas la boca podía pronunciar palabras. Poco se escuchaban ya sus lamentos. Poco o casi nada comía, incordiada por el desasosiego espiritual de búsqueda incesante. Sus rizos, cada vez más rizados, disminuían proporcionalmente al transcurso de los días. Le rozaban la mitad de la nuca. Sus puntiagudas orejas no se habían percatado de que el sol quería también abrasarlas. Y la cruel batalla de sus dolientes ojos con las terribles imágenes de la realidad se condensaba en las exangües cuencas sobre sus pómulos, que sostenían tantas, tantas lágrimas. Una de sus manos las secó una vez por última, porque de tanto secar terminaron por agrietarse.

Afortunadamente, aún le sostenía su alazán, persistente incluso cuanto más se alargaba la búsqueda, pudiera ser porque ni tan sólo un segundo bajó de aquél, a buen recaudo de no atropellarse los pies, sin duda no se acordaría de andar después de todo.

Le incordiaban los insectos voladores al caer la tarde.

Por favor, ¡dónde se halla ese niño que de algún modo elude mi llamada y se ríe de mi suerte!gritó a un grupo de borrachos que salían de una cantina ciegos de visión y ebrios de charlatanería.

¡Por allí! balbuceó uno, señalando detrás de él.

¡Sí, por allí!rieron los otros.

Pero deberás tener cuidado con los caminos que salen al paso. A veces uno pierde el hilo que estaba buscando increpó el primero disimulando muy bien su embriaguez.

Angostos senderos le conducían hasta él, algunos afianzados sobre tierra firme, otros fangosos y ultrajados por las malas épocas para siempre: la tristeza se adueñaba más y más de ella, se aquilataba su rostro de pena y  gris ceniza casi llovían sus ojos. Relampagueó el cielo. Truenos terribles acudieron a corroborarlos. Se apeó de su caballo y se arrastraron ambos por el limoso suelo que les cubría hasta las rodillas: ella tiraba de las riendas pero aquél se enfurruñaba bufando con furia.

Vamos —le increpaba con apenas un insulto de voz. Un poco más, ya casi estamos.

Pero el caballo cada vez se ofuscaba más en continuar esforzándose por tirar en contra de su victoria, asumiendo con resignación y melancolía su fracaso.

Ahora no… ¡ahora no puedes abandonarme!

En un abrir y cerrar de ojos desapareció entre el lodo. Apenas lloraba. Un nudo en su garganta consumía aún más las ganas de vivir. Le auspició un silencio tibio de una tormenta consolada por las gotas apaciguantes de lluvia, engullida por el barro que despedía cada gota. Se echó las manos a su rostro. ¡Quién sabe si lloró esta vez! Entonces lo dijo:

Te busco a ti ¡oh, niño cruel! Tú has de contar mi descendencia, has de crearme madre y has de conocer mi amor. ¡Sólo a ti puedo dártelo!

 

 

García Peña

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One Comment en “madre”


  1. Un relato demasiado barroco, recargado de adjetivos. Pero fue escrito así y, salvo pequeñas rectificaciones, he preferido dejarlo como estaba. De los primeros que escribí, una tarde, a la salida de la facultad. La clase no me interesaba lo suficiente y comenzé a ensoñar. Una imagen cobraba fuerza por momentos, la del film “Neverending story”, cuando el caballo Ártax se hunde en los pantanos de la tristeza y Attreyu se queda sin montura. La desesperación, el fango, obstáculo para la búsqueda. De hecho, en principio lo titulé Ártax, pero tan pronto como eliminé del texto el nombre del caballo, pasé al título que aparece aquí: Madre.
    No sé si el relato tiene sentido. La idea era la de una madre que busca a un hijo que todavía no ha nacido, que pierde montura y se sacrifica por encontrarse a sí misma.


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