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peón

junio 4, 2010

Una carta sobre la mesa. Sobre fondo blanco, escrito en puño y letra, la palabra “peón”. Y unos ojos profundamente negros leyendo entre líneas, con labios enfurruñados y entrecejo fruncido, el siguiente comunicado: “Conforme a lo establecido en el artículo… se le notifica la obligación de incorporarse inmediatamente… de la Guardia Negra… firmado Su Majestad, el Rey Negro… número de identificación… Cuatrocientos Quince… Cuatro, Uno, Cinco”.

Provisto de unos cuantos alimentos ocultos en el interior de una escarcela, un precoz cuchillo atado a la cintura, partió de su hogar en dirección al Castillo Negro, construido sobre la base de una gran roca de obsidiana, con altos y gruesos muros infranqueables, brillantes puertas de acero oscuro y purpúreo. Dos grandes torreones custodiaban la entrada. En lo alto, centinelas envueltos en capas oscuras. En el interior, agitación de metales que chocan unos con otros, carros cargados de heno, jinetes que intentan dominar en vano a los enérgicos corceles, regimientos de soldados atraviesan las calles con gran alboroto.

—Su identificación, por favor.

—Cuatrocientos Quince. Cuatro. Uno. Cinco.

—Diríjase al pabellón del Regimiento Setenta y Cuatro.

Los primeros meses fueron de extremo agotamiento para el joven peón: ataques con lanza, ataques con espada corta, ataques frontales, en diagonal; carreras con yelmo, carreras sin yelmo. En esto consistía básicamente su entrenamiento diario. Después dormía, y antes de cada descanso abundantes raciones de comida les eran ofrecidas en sabrosos platos combinados. El avituallamiento era de las pocas cosas que eliminaba el cansancio de los rostros de los soldados, con lo que las gotas de sudor, antes imparables, parecían con ello no haber existido nunca.

A medida que transcurrían los años se percató de que no sólo habitaban peones en aquel castillo. Aunque negros también como el carbón, de tez morena y ojos oscuros, otros se guarnecían mediante distinta indumentaria o atacaban con otras armas, algunos montaban a caballo mientras otros se entrenaban en el transporte de elevadas torres andantes en cuyo interior se urdía todo un intrincado mecanismo de ruedas, poleas, cuerdas e hierros cruzados entre sí. Incluso entre estos individuos los nombres no sólo servían para designar cosas sino también para designarles a ellos. Así escuchó nombres como los de Ramírez, alfil del escuadrón derecho; Nera, el de un torre-guía o Álbar con el que incluso llamaban a un caballo. En cambio a él, solamente lo llamaban “peón” o lo conocían por un número.

En ocasiones prefería deambular por la zona asignada antes que descansar sobre un gran montón de heno apelmazado. Uno de sus lugares predilectos era el estanque junto al establo. Allí contemplaba por enésima vez los diminutos pececillos de colores sumergidos en aquel fondo azul marino.

—¡Saludos peón! —dijo uno igual a él.

—Hola —contestó.

—¿Qué haces? —inquirió de nuevo con pasmosa alegría.

Hubo una pausa antes de que contestara.

—¿Te has preguntado alguna vez por qué nosotros sólo somos peones, y en cambio a otros los llaman a cada uno con un nombre distinto?

El otro quedó perplejo, pero al fin respondió mecánicamente.

—Amigo, las órdenes las dan los superiores. No estamos aquí para pensar sino para cumplir los pensamientos de otros. Y si no, pregúntaselo a cualquiera. Te dirá lo mismo que yo.

Después de otra breve pausa por fin se giró hacia su semejante, cosa que a aquél no le había importado lo más mínimo.

—Cuatrocientos Quince —dijo el peón.

—¡Ah!  Mil Setecientos Dos.

Se estrecharon las manos.

—Oye, ¿de qué poblacho te han sacado? —reanudó la conversación.

—No es muy conocido.

—Sin duda. Tu número… denota poca tradición guerrera. Es hora de que honres a tus antepasados con algún hecho heroico, ¿no te parece?

—Pero para eso tendrás que llegar sano y salvo a la meta —gritó otro peón que se acercaba a ellos sin hacer apenas ruido. Los dos lo miraron con expresión anodina.

—¡Claro! —continuó—, ¿no os habéis enterado todavía?. La máxima aspiración de un peón es alcanzar las posiciones del enemigo y llegar hasta su punto de partida. Una vez allí —con gran suspense—, lo que ocurre es simplemente, lo que debe ocurrir para que el peón ya no vuelva a ser peón en la vida. ¡Un milagro!

Y se quedó paralizado con los brazos extendidos por encima de su cabeza en espera de algún acontecimiento fantástico. El fulgor momentáneo de sus ojos fue decreciendo poco a poco hasta que, con una intensidad terrible, apuntaló una a una la mirada de sus compañeros.

—¿Sabéis de qué milagro se trata? —preguntó.

Los dos oyentes no pudieron articular palabra.

—Dejad que os lo diga… El peón, uno de nosotros quizá, se transforma por arte de magia, en una bella… y dulce… ¡reina!

La expectación de sus pupilos cesó de repente.

—¿Una reina? —arguyó el Cuatrocientos Quince—. ¿Qué tiene una reina de especial?

—Poder —aseguró con vehemencia—, pensamiento, nombres que otorgar, reinados que conquistar, tierras que dirigir; ambiciones sin límites… un rey y un castillo.

Los tres peones quedaron pensativos, cada uno por su lado, la mirada perdida hacia un horizonte impreciso. Los peces danzaban sobre aquel fondo azul.

Nuestro Cuatrocientos Quince fue requerido una mañana de abundante sol, aunque algo gélida, junto a sus compañeros de regimiento. Tras este nuevo llamamiento el cuartel donde se habían alojado quedó completamente vacío. Se vistió rápidamente y se dispuso como de costumbre para el servicio.

En el campo de batalla reinaba la confusión y la euforia entremezcladas. Extensas nubes de humo y polvo cubrían todo el horizonte. Apenas se podía distinguir cuerpo alguno entre la espesura. A toque de silbato se iban incorporando todos los peones que llegaban en los carromatos, en una hilera uniformada y monótona. «¡Regimiento Setenta y Dos! ¡A formar! Regimiento Setenta y Tres…». Algunos presagiaban que el siguiente regimiento no combatiría hoy. Se equivocaron. Y mucho. Al cabo de una hora se posicionaban ante la gran explanada blanca y negra que servía de contienda, formando un muro de contención. Desde allí sólo se divisaban leves ajetreos que de vez en cuando hacían vacilar la gran masa de humo y liberaban al momento, aguerridas voces provenientes de los soldados en campo abierto. Los rostros de los peones del Regimiento Setenta y Cuatro no vacilaron. Sin embargo, sus ojos sí brillaron con una intensidad mayor que la habitual. De repente, la calma. Los chillidos de terror o de angustia, así como los violentos choques entre los metales, habían desaparecido. Poco después de que el silencio reposara en sus oídos, el oficial de mayor rango de su regimiento se presentó ante la línea de peones, ensillado en un majestuoso corcel negro de largas crines. La humareda se desvanecía mientras él iniciaba su discurso: «El enemigo es fuerte. Hace días que apenas avanzamos unos metros. En vosotros recaen ahora las miradas, en vosotros… si caéis, seguid… porque… vuestro esfuerzo será recompensado si al final… la reina tiene…». Ya casi no escuchaba las elocuentes palabras del oficial, ensimismado ante la magnificencia de aquella extensa planicie, dividida por un azar casi geométrico en inmensas cuadrículas negras y blancas.

—¿Intrigado? —preguntó el peón de su derecha—. ¿Quieres saber por qué el suelo presenta este aspecto?

—Sí, supongo.

—Antes de que el mundo fuera tal como hoy lo conocemos, el Día y la Noche vivían unidos. Con el decurso de las edades del tiempo entraron en graves disputas y se separaron, dividiéndose las horas. Al poco de separarse su añoranza era tal que uno y otro necesitaron de algo que les recordase lo que habían perdido. Así, el Día creó al Sol para que con su ardor lo volviese todo del color de la Noche, oscuro y aterrador. La Noche se valió de la Luna para que con su palidez le recordase la claridad de su amado el Día. De este modo las acciones de uno y otro sobre la tierra hicieron que ésta presentara la alternancia de estados que ves ahora. Durante el día, las partes oscuras resaltan más, mientras que por la noche son las claras las que relucen. Con lo que jamás se olvidan uno del otro.

El peón contempló a sus enemigos, después de echar un vistazo a la contrastada explanada, dispuestos también a lo largo de amplias filas e hileras, provistos igualmente de yelmos y lanzas, cascos y espadas; ágiles corceles e imponentes estandartes sobresalían de la formación. Miró hacia atrás y divisó igual estandarte con el escudo de su Corona. Y las cabezas de los caballos protegidas por armazones de cuero coronados por exuberantes plumas de cuervo. Volvió la vista al frente. Allí a lo lejos, quienes esperaban impacientes no eran sino el reflejo de los que aquí, a su lado, aguardaban con idéntica impaciencia. Intentó escudriñar más a fondo. La sorpresa, más bien la desilusión, se reflejó en su rostro. ¡Blancos! Tan blancos como la nieve. Por lo demás nada les distinguía de sus enemigos. Se preguntó si por algún casual el hecho de que ellos tuvieran el color de la Noche y aquéllos, el color del Día, no sería prueba de que las leyes naturales seguían imperantes en ambos bandos; de que acaso fuera también el resultado de las continuas luchas entre el Sol y la Luna. Cuando quiso obtener alguna conclusión al respecto, un grito aterrador surcó el aire por encima de sus cabezas avisándoles de que había llegado el momento.

Emprendimos la marcha cegados por la gloria. Miré al compañero de la derecha y le deseé buena suerte con un gesto. Él me lo devolvió. Entonces ya habíamos recorrido unos cuantos metros y en el suelo comenzaban a verse los restos de anteriores disputas. Aunque el lugar había sido despejado, aún quedaban manchas de sangre junto a algún que otro pedazo de alguna lanza resquebrajada. El eco de nuestros pasos unisonados enfrentaba su ritmo al del bando enemigo, que había iniciado su marcha al mismo tiempo. Cada vez afloraba más la pasión y se escondía el miedo en lugares secretos. Y mientras palpaba mi pecho enloquecido por el ritmo del corazón, en la lengua reseca aún conservaba, desordenadas, las últimas palabras del Oficial Primero recordando que debía avanzar en línea recta sin detención ni retroceso…, que en nosotros ahora recaían las miradas, tal vez las esperanzas… o que nuestra era la victoria.

Una última mirada al frente y ya las pupilas negras como el carbón se tornaron tan blancas como la nieve. Ante mí y por cada uno de los peones negros situados en línea, un peón blanco blandía su lanza corta y puntiaguda. Frente a mí uno de ellos acometió velozmente hiriéndome en el brazo inutilizado. Después de sobreponerme con gran destreza, sostuve su segunda acometida intentando pensar en la siguiente maniobra. Aproveché su momentánea falta de presión para desestabilizarle, llevando su peso hacia mí y empujándole hacia atrás con mayor fuerza. El duro adversario se tambaleó un instante al tiempo que me abalanzaba sobre él con la lanza en ristre. Aquél paró el golpe y retrocedió unos pasos. Pensé que si repetía la misma acción se confiaría de mis ataques. Así que una vez más le agredí, y aquél detuvo el golpe. Sabía que ahora adoptaría una nueva estrategia y procuraría sorprenderme por otros flancos. Apoyé de nuevo la lanza sobre el costado derecho dispuesto a intentarlo una tercera vez. Al avanzar hacia él, éste se anticipó en la salida. Entonces giré sobre los talones unos ciento ochenta grados situándome a su espalda y clavando la punta de la lanza en uno de sus tendones. El blanco peón se arrodilló de dolor, y allí acabó su historia.

Después de mirar en derredor, comprobé que muchos de mis compañeros ya habían invadido las líneas enemigas. A mi derecha, el peón negro, parecía a punto de desfallecer ante los violentos ataques de su oponente. Levanté la lanza dos palmos por encima de mi cabeza y se la arrojé al cuello. Al instante, cayó desplomado al suelo junto con mi compañero malherido. Éste sufría heridas muy graves en el pecho. Cuando quise incorporarle, sus párpados habían ocultado ya el último destello de sus negros ojos. ¡Qué derroche y cuán poco consuelo!

Seguí adelante sorteando los múltiples cuerpos amontonados al azar hasta toparme con dos alfiles blancos que, de espaldas a mí, remataban con sus espadas a un moribundo jinete. Podría haberles hincado el hierro en sus costados, pero en principio la idea me pareció descabellada, indigna de un soldado. Sin embargo, con los ojos desorbitados desenfundé la espada corta del cinto y se la clavé a uno de ellos. El otro, enfurecido, reaccionó de inmediato asestando un mortal corte en mi antebrazo. Lejos de caer abatido por completo, sintiendo la presión de la sangre en las sienes, aguanté a que el sanguinolento alfil  me acabara de rematar. En un acto inconsciente cerré los ojos ante lo inevitable. Sentí que algo volaba por encima de mí con gran sutileza. Abrí los ojos. Allí, sobre mi actual adversario, reposaban los cascos de un encabritado corcel. Y acá, atravesando la capa del otro alfil, una mano solitaria se agarraba entre espasmos al mango de una espada. Después el jinete, haciéndome una señal para que continuara, se alejó al galope blandiendo su espada a diestro y siniestro cercenando brazos y cabezas. La sangre brotaba por doquier. Sin armas e inutilizados los dos brazos, me arrastré entre los cuerpos durante al menos un cuarto de hora. Cientos de voces coreaban la retirada del enemigo. Entretanto yo seguía escabulléndome entre los soldados muertos y los que aún en pie, se enfrentaban en apasionantes duelos. Sin miedos, sin arrepentimientos, ofuscado por la sed de triunfo, sentí especial alivio al saber que todo peligro se encontraba ahora lejos de mí. El fragor de la contienda resonaba en la lejanía mientras un silencio espectral reinaba a mi alrededor. Una ligera brisa tamizaba la intensa luz del mediodía. Me incorporé con lentitud, aunque apenas sentí dolor en el cuerpo. En un acto reflejo impulsé la mano cercenada por la frente para despojarme de un sudor frío. Mi sorpresa fue comprobar que ésta aún conservaba su sitio en torno a la muñeca. Ni siquiera había indicios de un diminuto rasguño. Tampoco en mi otro brazo existían tales marcas.

Y allí donde antes había existido un cabello lacio y recortado, ahora crecía una melena larga, negra y desgreñada que le llegaba hasta la cintura. Ésta era a su vez más estrecha y elástica. Del mismo modo sus piernas habían ganado en esbeltez y sus manos, finas y estilizadas, habían rebajado al mínimo la rudeza de un fornido guerrero. Con todo, sentía en su pecho no ya la rigidez de su yelmo sino la prominencia de unos senos bien formados. Y en cuanto a su musculatura, ésta había disminuido en favor de una mayor redondez de muslos y caderas. Sin  darse apenas cuenta, se había convertido en una mujer. Aquel Cuatrocientos Quince era ya… una Reina.

 

García Peña

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octubre 13, 2009

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