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despido

julio 24, 2008

Subía las escaleras sin aparente esfuerzo, como si no le pesaran los años. Hasta el cuarto piso. El director le había llamado y eso era lo que aumentaba la ligereza de movimiento. No, nada de preocupación, por qué. Lo de los despidos de la semana pasada fue algo rutinario, se veía venir, una limpia del departamento de marketing para adquirir caras nuevas, jóvenes y emprendedoras, dejar a un lado a los carcas de sus compañeros. Además, él no se sentía uno de ellos. A sus cincuenta y pocos años podía aportar experiencia, seguridad y un saber estar que le hacía digno de un puesto más alto, quizás el de jefe de sección. Y esa ilusión movía sus pies con tanto ímpetu que por un momento hubo de parar en el rellano del tercer piso para tomar aliento. Sin duda, aun manteniéndose en forma con una dieta sana y algo de ejercicio los domingos, los pulmones no estaban preparados para un esfuerzo tan repentino. Sobre todo por el exceso de tabaco. Y eso que Elena, su mujer desde hacía treinta años, se lo repetía hasta la saciedad. Seguro que con el ascenso encima de la mesa podría hacerle olvidar los malos ratos que habían pasado. Un posible aumento de sueldo serviría para hacer cambios en la cocina o arreglar el cuarto de los niños. Sí, jefe de sección. Qué otra cosa, si no. Tal vez no tendría el nivel de estudios de esos niñitos de ahora, pero no le faltaban méritos y años de duro trabajo…

Ante él, la puerta del despacho del director. Se palpa el bolsillo de su chaqueta, respira hondo y llama con un golpe seco de nudillos.

—Adelante —dice una voz desde el interior—.

—Tome asiento por favor —dice amablemente al verle entrar.

—Sírvase agua, ahí tiene un vaso —continua el hombre de voz poderosa—. Alfonso… Díaz… Serrador —lee pausadamente, como si al repasar cada letra, cada palabra hiciera balance de su vida laboral de un modo vertiginoso.

—Sí, el mismo —responde Alfredo, sentado frente al director, mientras da un sorbo al vaso que sostiene en su mano.

A pesar de que intenta mostrarse tranquilo no puede dejar de mover su pierna izquierda. La mente se le empapa de diminutas gotas de sudor. Es ahora cuando su cuerpo le recuerda que no debía haber subido por las escaleras.

—Su historial es admirable. Más de veinte años en la empresa, responsable, pocos  retrasos, disciplinado… —Alfredo asiente en su interior cada elogio de su interlocutor. La cocina amueblada, el resto de sus compañeros dándole la enhorabuena, su nuevo despacho con vistas al mar, la sonrisa complaciente de Elena…—, ¿me escucha?

—Sí… Sí, claro.

—Lo dicho, señor Alfredo, es usted un buen trabajador… Sin embargo, lamento comunicarle que, debido a las necesidades actuales de la empresa, está usted…

El impacto del vidrio al estrellarse contra el suelo sobresalta a ambos. Hay agua encima de la mesa. Su pierna ha dejado de moverse. Se le ha secado el sudor de repente, como si una bocanada de aire gélido hubiera entrado por la ventana entreabierta. No obstante, siente en su frente un calor abrasador. Se palpa la sien y la siente arder. Traga saliva y mira con ojos desorbitados al director que intenta aguantar la compostura.

—Perdón, no… no… —respira hondo. La idea de hacerle repetir al director lo que sin duda acaba de escuchar le parece absurda nada más pensarla. Cabizbajo aprieta la zona superior de su nariz con los dedos. Y al rato se endereza súbitamente lanzándole una mirada desafiante —ya me lo suponía, por eso siempre voy preparado.

—¿Cómo dice? —pregunta el director algo desorientado.

—Elena se sentiría orgullosa de mí en estas circunstancias. ¿Sabe cuánto he esperado este momento?

—Bueno, estas cosas pasan… pero todo tiene solución, ¿verdad?

Alfredo se ríe estrepitosamente, como si la risa no le perteneciera.

—Claro, siempre hay salidas para todo —pensativo por un instante—. El problema es saber cuál de ellas escoger.

—¿Tiene hijos? —intentando calmarle. Pero Alfredo no responde y mantiene la mirada ausente —. Si tiene hijos, debe buscar lo mejor para ellos.

De nuevo esa risa mecánica. Al tiempo calla y le mira seriamente, impertérrito. En el silencio del despacho retumban los latidos del corazón del director. El cuerpo de Alfredo permanece rígido, como si estuviera forjado de hierro.

To be continued…

García Peña